Meses bellísimos de exploración profunda de los caminos de Prímula.

Respirando río abajo, descendiendo hacia el nacimiento y anclaje de sus andares y nuevos rizomas —los que siempre han sido y seguirán expandiéndose—, palpándolos.
La siembra que solo puede ocurrir en la quietud, la cueva y el silencio; desde donde nace la vida y transformamos la muerte.

Agradecer al MAÍZ por ser la planta de mi fecundidad femenina, especialmente en su transformación como chicha: CHICHAMAÍZ. A los destilados de caña de este territorio.
Las bebidas que han hecho fecundable mi suelo y el misterio del mujerío.
Las bebidas del diálogo con mis propias aguas. Mi madre. La madre que soy.

El maíz, la caña, la salvia, la coca, la musa paradisiaca, la destilación y la fermentación son fecundidad; al igual que lo que ha representado el trabajo con la bebida espirituosa como lenguaje.
Bebida-agua-madre.
"Fecundidad, que suena como un tambor cuando se pronuncia en voz alta, significa algo más que fertilidad; quiere decir fecundable, a la manera en que es fecundable la tierra: oscuridad, semilla, alimento."
Es el alimento que llevamos a nuestro suelo; nutrición que también posibilita la bebida, abrazando la forma que tuvo nuestro primer hogar: ACUOSA.
Un trabajo de símbolo y memoria emocional.

Agradecer la alquimia de esta matria bondadosa: por sus plantas, hierbas, flores y especias, maceradas en los fermentos y destilados de sus montañas andinas.
He amado y encarnado este oficio con el que juego —en profundidad— a enterrar las uñas en las fuerzas que contiene nuestro cuerpo como primer territorio; especialmente la sexual, en toda su potencia.

Macero yerbas en los elementales de caña y en nuestros frutos nobles y silvestres, para compostar, purificar, abrir, invocar, gozar, morir, intimar en el primer territorio que habito: MI CUERPO.
Un cuerpo cíclico que avanza y me inicia a través de sus ritos de paso. Al que debo morir toda vez en su profunda espiral de vida-muerte-vida. Al que acompaño. Me acompaña. 
Cuerpo tierra, cuerpo agua, cuerpo fuego, cuerpo aire, cuerpo éter: VACÍO FÉRTIL.

Ha sido este el gran regalo de descender hacia mi tierra negra, la tierra subterránea, MI RAÍZ, y custodiarla, conocerla, después de haber habitado tanto —únicamente—y de más— el fuego.

Bajar a mi frescura, mi nutrición, mi ciclidiad, que me ha regalado una nueva visión de mi entramado humano y femenino: el alimento de la mujer salvaje.

Si ha habido una promesa cumplida —y por seguir entrañando y desentrañando—, es entrar en diálogo hondo con mis carnes internas.
Nunca olvidar que aquí, en la bebida, nació todo.